El título corresponde al artículo de mi amigo,
Jorge Vergara, publicado en Diálogos de pensamiento crítico –en mi concepto,
Jorge es el mejor analista chileno sobre estos dos padres del neoliberalismo –
que, partiendo de la concepción de la educación de F. Hayek y M. Friedman,
llega a definir con precisión que esta visión emana de una antropología que
limita la dimensión de la existencia situándole, exclusivamente, en el mercado,
sobre la base de un reduccionismo absoluto. Friedman llega a tal grado de
ideologismo que niega la existencia de la sociedad afirmando que sólo existen
individuos sometidos al mercado, en consecuencia, para Friedman es inválida
toda apelación a los derechos humanos y, sobre todo, a la educación concebida
como un derecho. El mercado puede y debe invadir áreas no relacionadas
directamente con la economía educación, salud pública…-.
El Chile de la dictadura, de la Concertación y de
la Alianza se ha constituido como el modelo más perfecto de lo que Vergara
define como “la utopía del gobierno de la sociedad por la élite del mercado”.
Si algún arqueólogo descubriera los restos del modelo educativo chileno, podría
reconstruir, a la perfección, los trazos más radicales y reduccionistas de la
teoría educativa de los dos autores que comentamos en esta columna. En el
fondo, el debate se centra en la educación privatizada, dominada por el
mercado, y la concepción de la educación como derecho universal y humano, del
cual el Estado debe hacerse cargo. Dejemos de lado los eufemismos: la
Concertación y la Alianza, durante estos últimos 25 años, son igualmente
tributarios de la ideología de Hayek y de Friedman, por consiguiente, si no se
demuele, hasta sus cimientos, el modelo imperante, - lo digo enfática y
literalmente – es impensable una educación de calidad, digna e integradora; en
esta línea, todos los ministros de Educación de la Concertación son prisioneros
de la ideología dogmática de Friedman, que la encarnaron a la perfección, y es
difícil de creer en un cambio tan radical en aquellos mismos personajes que
acompañan a la candidata Bachelet en su campaña a la presidencia – recuérdese a
Sergio Bitar y Yasna Provoste, Martín Zilic, entre otros -.
“No demorará mucho tiempo para que las personas se
convenzan de que la solución está en despojar a la autoridad de sus poderes en
el ámbito de la educación”, (Hayek,
Friedrich, Los fundamentos de la libertad). Esta cita refleja
nítidamente la estación terminal de la utopía de ambos pensadores neoliberales,
que pregona la privatización total de la educación total, en sus niveles
básico, medio y universitario. La enseñanza-aprendizaje es un bien de consumo, muy
preciado, que debe ser solventado por las familias en el mercado.
Friedman sabe bien que su utopía privatizadora
tiene que recorrer un camino en la sociedad norteamericano, donde existe un
sistema de propiedad mixta en los establecimientos educacionales, por
consiguiente, en primer momento, debe existir un voucher, un bono o un cheque
que el Estado proporciona a las familias más pobres, a fin de que puedan elegir
la escuela que consideren mejor para la educación de sus hijos, sean estas
privadas y con fines de lucro o fundaciones y corporaciones – en Chile, a
cierta derecha recalcitrante le gustaría la existencia del vaucher del cheque,
pero, afortunadamente, esta modalidad no
va a lograr imponerse, esperemos, sin embargo, la elección de las escuelas por
parte de las familias existe en la realidad, respecto a las escuelas
subvencionadas y las municipales -.
El desprecio por parte de Friedman a la
intervención del “ogro filantrópico”, el Estado, no hace sino llevarlo a una
falsa apología de la capacidad de las familias para elegir para sus hijos la
mejor escuela, con altos índices académicos, pero está claro que la familia no
está capacitada para calificar la complejidad de la pedagogía contemporánea,
como tampoco lo está, por ejemplo, ante la enfermedad de un hijo, en
consecuencia, los factores que jugarían en la elección no son de índole
académica – el valor de la mensualidad, el prestigio social de la escuela, la
presencia de hermanos o el carácter confesional o laico, entre otros -.
Como Chile es un laboratorio ad hoc de estas
teorías de los “maestros del neoliberalismo, hemos podido probar, en la
práctica que las familias eligen los colegios, quizás no por la calidad
académica de ellos, sino por las redes sociales que se construyen desde la
primera infancia hasta la universidad – un alumno de los Jesuitas o del Nido de
Águilas puede estar seguro que, aunque no comprenda lo que lea, siempre tendrá
un compañero de curso que lo va a auxiliar en su larga lucha en este valle de
lágrimas -.
Cuando nos referimos a las clases medias y de bajos
ingresos, tenemos que considerar en la elección de las escuelas entre las
subvencionadas y las municipales. Se supone que en las primeras los hijos se relacionarán con gente de “mejores
costumbres” que los de la segunda – hay algo en la naturaleza humana que hace
creer que el sector donde vives es mejor que el barrio del vecino -.
“En la educación, los padres y los hijos son los
consumidores y el administrador de las escuelas y los profesores los
productores” (Milton & Rose Friedman, Libre para Elegir).
Los consumidores deben calificar el producto que
compran - en el caso que nos ocupa, la educación – y como los discentes no
están capacitados para elegir la mejor compra, la responsabilidad recae sobre
los padres de familia, quienes no siempre tienen buen criterio como
consumidores. El trabajo de Jorge
Vergara está ilustrado con ejemplos interesantes, como el hecho de que en
Estados Unidos, padres fundamentalistas religiosos exijan que, en determinada
escuela se rechace, por ejemplo, la teoría de la evolución, y que se sostenga
como científica la versión bíblica, atropellando así la primera enmienda de la
Constitución, que dice que el Estado no puede favorecer ninguna religión.
Estoy seguro de que este ejemplo se repite en
Chile, en las escuelas fundamentalistas religiosas protestantes y no pocas
católicas - desde mi experiencia, como formador de formadores, puedo dar fe de
que algunos alumnos, de muy rígida formación religiosa protestante, se negaban
a aceptar verdades científicas evidentes por no estar consignadas en la biblia
– lo que hace más urgente, hoy por hoy, en pleno siglo XXI, reafirmar el
carácter laico, republicano, democrático, pluralista y libertario que debe
tener la educación pública.
Como no creo que la Nueva Mayoría, por la
composición doctrinaria de sus miembros, se atreva a proponer una ruptura
radical con el modelo neoliberal que es la tarea fundamental del próximo
período político en Chile. Estoy casi seguro de que en un eventual triunfo de Bachelet,
al igual que en el plano de la nueva Constitución, las expectativas se verán
frustradas una vez más.
Escribió para Tejemedios:
RAFAEL LUIS GUMUCIO RIVAS
HISTORIADOR, ESCRITOR, DOCTOR EN EDUCACIÓN
-AMIGO ENTRAÑABLE-