CARTA A MI NIETA BEATRICE

Beatrice es mi primera nieta, la que actualmente tiene 15 meses. Debo confesar que el estado de abuelo es el más feliz que puede lograr un ser humano. Beatrice tiene ojos azules, pelo ondulado y una sonrisa encantadora y empática; en ella se realiza perfectamente la vieja idea de que el hombre y la mujer son seres hechos para el amor y no para el mercado del dinero, y algunos pretenden hacer creer que éste último forma parte de la naturaleza humana.
En mis múltiples paseos con Beatrice por los alrededores de su barrio, donde hay una mezcla de tiendas, librerías y restaurantes, he notado que al igual que a sus padres y sus abuelos, su pasión comestible son los libros, los que desordena ante la desesperación del dependiente. Devorar libros, a veces sin masticarlos, es un vicio bastante positivo: a diferencia de los alimentos que se excretan una vez el proceso cumplido, los libros siempre te dejan una serie de ideas, que como pájaros revolotean en tu mente.
Quiero contarle a Beatrice que en Navidad recibí algunos libros que, pantagruélicamente, forman parte de mi almuerzo y cena: el primero de ellos “El jardín de las dudas”, de Fernando Savater, Planeta, 2006, por parte de mis hermanos. Fernando Savater es una conjunción de sociólogo y filósofo, muy similar a los autores del siglo XVIII; al parecer, sus arquetipos son el rebelde Spinoza – expulsado de la Sinagoga- y Voltaire. Nada más en concordancia con el autor que “El Jardín de las dudas”, unas cartas apócrifas que se atribuyen a Voltaire, en correspondencia con una dama, Carolina Beauregard.
El otro regalo es de mi hijo Rafael y su esposa, “La fatal arrogancia. Los errores del socialismo”, de Friedrich A. Hayek, el nonagenario patriarca del neoliberalismo. Confieso que siempre me ha interesado analizar, de primera fuente, las teorías antropológicas, políticas y económicas de este antipático austriaco.
Rafael, mi hijo, es mi mejor proveedor de pensadores liberales, los que ahora en mis años de ocaso, había olvidado y como no soy sectario, los leo con mucha atención. El autor predilecto de mi hijo es Isaías Berlín, un liberal moderado, diferente de aquellos que adoran el mercado; los temas predilectos de este autor son la libertad, los traidores y el irracionalismo que surge del romanticismo alemán.
Voltaire, Berlin y Hayek nos proporcionan tres miradas del liberalismo, en distas épocas. La verdad, es que siempre ha sido difícil, en la historia humana, el matrimonio entre la igualdad y la libertad, entre la razón y la irracionalidad, entre contención de Apolo y la vitalidad de Dionisio, entre pobres y ricos, entre propietarios y proletarios, entre la audacia y la prudencia, pues por algún lado siempre peca de exageración; como en los matrimonios, se han separado por incompatibilidad de caracteres, de ahí que la lucha sea eterna entre la nada y la nada, que es principio de la vida.
Cada libro es como la amante: uno lo abre lleno de entusiasmo, pero seguirá sosteniendo las mismas preguntas que se planteaba en un estado virginal. Esa es la gracia de leer: cuestionarse aun cuando la respuesta no esté a la mano.
Cada autor puede ser más o menos empático, dependiendo de las pasiones y momentos en que se lee: por ejemplo, para mí el más simpático de todos es Voltaire. En sus cartas demuestra tal franqueza y sentido del humor, que no puede menos que envolvernos en sui embrujo; se presenta como un viejo, sin dientes, cadavérico como un higo seco, que se prepara para el sepulcro.
Voltaire es el gran combatiente a favor de la tolerancia: sus luchas por la libertad de la familia Calas, cuyo padre era un protestante, falsamente acusado de haber asesinado a su hijo porque se había convertido al catolicismo, siempre será un ejemplo del combate contra la infamia judicial. ¡Cuántos Voltaires necesitaríamos en el Chile de hoy! Su lema fue siempre combatir al infame, representado por los reyes, los nobles y los curas.
Voltaire utiliza la ironía para reírse de Cándido, el optimista, y de Martín, el pesimista. Según el filósofo, “los prejuicios son nuestras queridas y la razón, nuestra mujer a quien oímos con mucha frecuencia, desde luego, pero a la que nunca le hacemos caso”.
Voltaire fue quien mejor se burló de los monarcas, dando con sus huesos en La Bastilla. Luís XV, Catalina de Rusia y Federico de Alemania, son objeto de sus sarcasmos: es que Voltaire amaba más la libertad y la verdad que el poder. Sus libros de historia dan más cuenta del avance de las costumbres y las leyes que de las guerras y los reyes.
Berlín me es simpático por su combate contra el irracionalismo decadentista, que desde Nietzsche, pasando por Spengler y Dostoievski. Hay algo en “la loca de la casa”, como llamaba a la razón Ortega y Gasset, de libertario y optimista.
El más antipático de todos es el austriaco Hayek, quien dedicó su vida a combatir al socialismo y a cuanto pensador y humanista que él consideraba constructivista y, por tanto, planificador. En el libro que comento nadie se salva: Platón Aristóteles, Saint Simon, Marx, Keynes, los social-demócratas, la sociedad del bienestar, todos ellos son animistas, retrógrados y descendientes de la sociedad tribal; sólo le faltó citar al “eslabón perdido”. Afortunadamente, todas sus teorías han caído por los suelos: la propiedad plural, casi divina, el mercado regulado, la teoría de los precios, el desprecio a la democracia, la negación de la justicia social, la eliminación de la participación del Estado en la economía, la privatización de las monedas. Si bien Hayek pretende ser un seguidor de Nietzsche y cuestionar todos los valores, se queda chico, pues al final vuelve a la valoración de las costumbres evolutivas, aspecto bastante conservador de su programa, aún cuando el lo niegue.
Sé que mi nieta no va a comprender, por ahora, toda esta jerigonza económica, pero estoy seguro que, dentro de unos años, podrá celebrar este nuevo triunfo del noble británico sobre el pensador austríaco, tal como ocurrió en los años 40 a 50, del siglo pasado.
Beatrice se podría decir que es tan ciudadana del mundo como Voltaire: es norteamericana por parte de madre y chile y francesa por parte del padre. Estados Unidos, una de sus tres patrias, ha producido presidentes funestos, como Teodoro Roosevelt, que aplicó el gran garrote a nuestros países latinoamericanos: no dejó nación por invadir; Truman, inventor de la guerra fría y persecutor de los mejores intelectuales norteamericanos; Ronald Reagan, protector de los neoliberales, un genocida en Centroamérica; Nixon, un bandido, mafioso y tonto. Estoy seguro de que Beatrice, cuando sea más grande, será una liberal de Nueva York, lo que equivale a izquierda en Estados Unidos.
Además, Beatrice, tienes algo de francesa, este pueblo de los comuneros, donde los gobernantes eran revocados por sus mandatarios; donde los maquis expulsaron a los alemanes, cuya mayoría era comunista, que no se vendió al invasor. Hasta ahora, Francia tiene algo de independiente, a pesar de Sarkozi, respecto al imperio unipolar.
Por último, eres chilena; tu país no es sólo un paisaje, como diría un famoso escritor chileno: posee en su historia bravos rebeldes, que van desde Manuel Rodríguez, Bilbao, Arcos, Racabarren y Salvador Allende, entre otros ilustres libertarios. Es cierto que hoy el país está en manos de una casta bastante mediocre y que en esta tierra nació un dictador, sanguijuela y obsecuente con los poderosos, pero por debajo siempre habrá un movimiento de personas que se rebelan ante esta ideología de castas.
Cuando puedas comprender estas líneas, seguramente yo estaré en la nada, en el mejor de los casos, en la Nirvana o, a lo mejor en el paraíso del Dios de Abraham. Donde quiera que me encuentre, si tú no has emigrado a una nueva estrella a consecuencia de que este hogar terrenal fue destruido por el calentamiento global, trataré de pedir permiso a Buda, Alá o Jehová, para mirar de nuevo tus profundos azules ojos, tu preciosa sonrisa y tu lindo rostro y gozar, así sea por un instante, de la parusía, que siempre es efímera.
A lo mejor, en el nuevo reino donde tú vivas no habrá ninguna autoridad, ningún tecnócrata, ningún policía, y el lenguaje de Internet sólo podrá ser decodificado con la palabra amor.
Para Tejemedios
Rafael Gumucio
Historiador, Escritor y Doctor en Educación
Amigo entrañable

TERREMOTO A LA CHILENA

Años de entrenamientos, varios terremotos importantes anteriores y un desarrollo económico innegable en nuestro rasca país, nos hicieron creer a los chilenos que esta sería una catástrofe casi sin víctimas, un desastre natural que se saltaría del todo el factor humano. Como muchas, como demasiadas cosas en Chile, el desastre es sutil y muchas veces invisible pero esta ahí, agazapado en nuestra ansia de ser y parecer normales, es decir de primer mundo, aunque muchos aún vivan de la apariencia, disfrazados detrás de un cargo, disfrazados de clase acomodada, pero escondiendo la pantorrilla flaca, resultante de una infancia mal alimentada.

Es justamente su invisibilidad el mayor peligro que encierra este desastre a la chilena. Así, muchos de los edificios que conservan sus fachadas intactas abrigan dentro grandes grietas que los hacen inutilizables. Lo mismo se puede decir del país en general: la fachada ha quedado más o menos intacta, la estructura no se ha desmoronado, pero muchas de las grietas ocultas del país se han hecho más profundas e inevitables ahora.

Vivir, como me tocó hacerlo, las secuelas de los dos más importantes terremotos de lo que va del siglo es recorrer la amplitud de un arco. Si en Haití todo es imagen, evidencia, horror, asombro, en Chile todo es sutileza, rumores, cifras y paradojas. Si en Haití, donde me tocó ver familias enteras espantando las moscas lejos de los muñones de sus familiares, el horror hizo lo posible para mostrarse en toda su magnitud desde el primer día, en Chile todo ha sido extrañamente lento, oculto, tanto que cuesta a veces recordar la magnitud del desastre. Si en Haití todo lo antiguo cayó para siempre en el primer segundo del terremoto, en Chile es justamente lo nuevo, los edificios para la clase media ascendente, el aeropuerto y su orgullosa decoración que quería ser moderna e internacional, las carreteras recién inauguradas, lo primero en caer.

Los contrastes se multiplican en todos los aspectos de ambos terremotos. Si en Haití fue la capital la que quedó devastada, en Chile es justamente la provincia, la olvidada provincia donde el desarrollo apenas ha permeado la población, la que sufre sin ser capaz aún de contar sus muertos. Si los supermercados de Puerto Príncipe fueron verdaderas trampas mortales, los de Concepción fueron el objeto de extraños saqueos donde los ladrones se llevaban televisores y comida mostrando a la cámara que los enfocaba que tenían el dinero en sus manos para pagar lo que se llevaban, pero no encontraban quién se los cobrara.

Chile no es Haití, pero tampoco es Suecia o Suiza como quisiera creer. Está en un purgatorio particular, donde las estructuras resisten pero los adornos caen peligrosamente, en el que las fachadas quedan en pie pero los muros interiores dejan aparecer grietas profundas. En Chile hay regiones enteras olvidadas a las que nunca se les dio ni hospital ni carretera, pero también edificios nuevos que prometen el mismo estilo de vida de la clase alta con materiales de segunda categoría. Como sucede con los ingresos y los impuestos, el miedo, la paranoia y el hambre no son moneda corriente a la hora del desastre, pero están innegablemente mal repartidos. Mientras gran parte de Santiago recuperó ya la luz, el agua y sus casas medianamente intactas, muchos de los que intentaron replicar ese estilo de vida, ven encarnada en sus casas la profunda desprotección en que viven. Desabrigados en edificios que tienen la apariencia del lujo, viviendo demasiado lejos de donde se toman las decisiones, el terremoto les ha recordado no sólo la fragilidad de nuestra vida, sino la particular fragilidad del llamado “milagro chileno” que ahora se apoya en la gran cantidad de mediaguas repartidas, como quien tira chalecos salvavidas a los perros. Chile país a medias, Chile país pequeño y paupérrimo, -pero eso sí,- con el ego del porte del poto de un elefante.
Para Tejemedios
Rafael Gumucio
Escritor, Historiador y Doctor en Educación
Amigo Entrañable

ALGUNOS NACEN CON ESTRELLA Y OTROS ESTRELLADOS

En muchos años de reformas educacionales, principalmente de la Concertación, la enseñanza Básica y Media no ha mejorado; es como si Chile se hubiera estancado desde el inicio de los gobiernos de la Coalición. Usted puede leer un diario de cualquier época y tendrá los mismos comentarios de funcionarios y tecnócratas de la educación. Es cierto que el Ministerio siempre introduce nuevos indicadores de logros y se perfecciona, pero no han sido suficientes para mejorar la educación en Chile. Dejaré de lado, por ahora, la crítica a este tipo de prueba, SIMCE, más orientada a lo cuantitativo, que a lo cualitativo. Si aceptamos los distintos niveles en los indicadores de resultado podemos comprobar que son bastante benévolos: el nivel avanzado supone que el alumno es capaz de comprender un texto y puede relacionar e integrar contenidos, es decir, desarrolla objetivos pedagógicos de más alto nivel; el intermedio da por sentado que el estudiante comprende un texto, pero sólo es capaz de extraer inferencias explícitas, es decir, en buen castellano, únicamente entiende lo que el autor dice textualmente; el tercer nivel -inicial - considera que el educando apenas comprende frases cortas y no logra asociar ideas contenidas en un párrafo, menos en un capítulo o en un libro completo, lo cual significa que no saben leer ni escribir.
Me atrevo a hablar sobre este tema que entristece mi corazón por el hecho de haber trabajado, un tiempo, en la Escuela de Pedagogía de la Universidad Eduardo Mondlane, en Maputo, Mozambique, país donde el 92% de la población, (por los años ochenta), era analfabeto y en condiciones de pobreza extrema, pero se esforzaban para superar la herencia colonial. En las universidades chilenas en donde he ejercido la cátedra de historia universal y de Chile, he podido constatar la enorme dificultad, en la mayoría de los alumnos, para asociar, comparar, sintetizar y analizar críticamente; aún prefieren la nemotecnia a la creatividad. Lo mismo ocurre con los cursos de formación de profesores de Enseñanza Básica, donde predomina lo tradicional sobre una educación liberadora.
Carlos Marx odiaba las grandes frases que expresaban motivos loables, como aquella de que "todos los hombres son hermanos; es que la ideología es una conciencia invertida que esconde la realidad de la lucha de clases. La historia de la educación está llena de estas ideas y deseos píos, por ejemplo, el Ministerio del ramo habla de calidad y equidad de la educación: por qué no reconocer que nuestro sistema no sólo reproduce la inequidad, sino que la acrecienta; otros hablan de la educación como reflejo de la sociedad, sin percatarse de que la imagen que se ve es tan miserable como la de la bruja de La Cenicienta; para otros, la educación es el único medio para lograr la movilidad social: se habla de la mundialización, de la sociedad de la información, de la pedagogía crítica y de otras tantas lindezas, pero nuestra escuela sigue siendo monstruosamente mala e inequitativa.
Chile ha sido el país de las grandes reformas educacionales: la de la Escuela Nueva, en 1928; los Liceos Experimentales, como el Manuel de Salas; las Escuelas Consolidadas, (1945); los planes Arica y San Carlos; "gobernar es educar", de Pedro Aguirre Cerda, (1938); la Reforma Educacional, de Eduardo Frei Montalva (1968), la abortada ENU, de Salvador Allende y, a partir de los gobiernos de la Concertación, Las 900 Escuelas P-900; la jornada escolar completa, los MECE Básico, Rural, Medio y Superior. Hemos tratado de imitar, en muy mala forma, las experiencias educacionales de otros países: a comienzos del siglo XIX, Francia y, en la segunda mitad, Prusia, país al que se le atribuía el triunfo sobre el país galo (1871), a la calidad de sus escuelas primarias; Valentín Letelier, Abelardo Núñez y Claudio Matte trataron de amoldar a Chile al modelo germano, y nuestro primer instituto pedagógico fue regentado por alemanes. Cabe hacerse la pregunta ¿qué ha pasado después de tanto esfuerzo pedagógico si a los doscientos años de la Independencia aún nos encontramos casi en el mismo estado que en el Centenario?
Ante esta situación nadie puede quedar impasible: es imprescindible una revolución educacional ahora, que la cambie de raíz, terminar con la municipalización, completamente ineficaz en un país en extremo centralizado y de castas. Ningún gobierno de la Concertación emprendió una verdadera regionalización; es muy torpe confundir la elección de consejeros regionales con la regionalización; no es lo mismo deslocalizar industrias, que descentralizar, por consiguiente, mientras no haya un cambio radical en este plano, la municipalización educacional fracasará. Sería el ideal aumentar al máximo los canales participativos, entregando la dirección de las escuelas a co-gobiernos entre directores, profesores, alumnos y apoderados. Por ahora, el Estado es el único capaz de hacerse cargo de la educación, pues al menos tiene recursos humanos y materiales; no se trata de volver a la burocracia del Estado docente del pasado, sino de encabezar una verdadera revolución educacional basada en la promoción de una democracia participativa y una educación liberadora, que superando las enajenaciones neoliberales, permita una educación de calidad para todos.
Para Tejemedios
Rafael Luis Gumucio Rivas
Historiador y Doctor en Educación
Amigo entrañable...