Chile no es una república, sino una monarquía
absoluta electiva; el rey dura cuatro años y no hasta su muerte, como ocurre
con los monarcas de corona y los Papas; tampoco es una democracia, sino una
oligo-plutocracia: “los representantes del pueblo”, en el caso del parlamento,
surgen de un sistema electoral que les garantiza sus sillones a perpetuidad,
falsificando así la llamada “voluntad popular”, con el agravante de que los
dueños de las mafias – llamadas partidos políticos – determinan los nombres de los
candidatos, y los siervos de la gleba tienen no les queda otro recurso que
elegir entre estos “prohombres iluminados”; al final, los únicos que votan son
los dueños de los bancos y los mercaderes, pues son actores y financistas de
las campañas políticas y les prestan o regalan a los candidatos según los
porcentajes de las encuestas.
En la historia de Chile nunca ha existido la
democracia, salvo, tal vez, un corto período que va desde 1958 hasta 1973 e
incluye tres gobiernos legítimamente constituidos: el de Jorge Alessandri, de
Eduardo Frei Montalva y de Salvador Allende. La Cédula única, aprobada en 1958,
eliminó el cohecho, y esta depuración del sistema electoral dio margen al
crecimiento explosivo de los ciudadanos inscritos en los registros electorales.
En el siglo XIX, los Presidentes nombraban a sus sucesores, además de los
parlamentarios. Desde 1891 a 1925, mandaba la plutocracia parlamentaria, que
manipulaba a los Presidentes, que sólo eran una piedra en el camino. A partir
de 1925, en varias ocasiones, el CEN (Comité Ejecutivo Nacional), determinaba y
mangoneaba a los Presidentes. Un gran mérito de la República fue el hecho de
que en cada elección se elegía la antípoda del Presidente anterior - Ibáñez,
opuesto a Alessandri; Alessandri a Frei y Eduardo Frei a Allende.
Que el monarca chileno intervenga en las elecciones
es completamente normal - en un país en que la democracia es una merca
faramalla, como lo he comprobado antes -, pero hay algunos más hipócritas que
otros, por ejemplo, se hacen los desentendidos al justificar que lo hacen en su
horario libre y que no ocupan ni autos ni otros recursos fiscales. Hubo en caso
en el cual la intervención gubernativa fue contraproducente: el de Michelle
Bachelet a favor de Eduardo Frei – no fue culpa de la Presidenta, sino que
pingo al que apostaba no podía ser más malo -; en todos los demás casos, los
Presidentes de la Concertación tuvieron éxito en la intervención a favor del
sucesor – sólo don Patricio no estaba muy contento con la postulación de don
Eduardo.
Nuestro rey, Sebastián I, tiene “la cualidad” de
estar clasificado, según la revista Forbes, como uno de los empresarios más
millonarios del mundo, hecho que le permite, por lógica, al reunir las dos
cualidades, la de monarca y plutócrata – un siútico diría “el Medici chileno” –
sumadas a su personalidad narcisista y atragantada, no se le puede exigir que
se someta a las reglas clásicas pues, de ninguna manera las va a cumplir y,
nosotros los súbditos, siervos de la gleba, que a veces y en determinadas
ocasiones, sobre todo cuando hay comicios, los postulantes a la más alta
magistratura nos llaman “ciudadanos” – no falta el tonto que se la crea –
nosotros debiéramos sentirnos orgullosos del enorme poder de nuestro rey y lo
bien que nos hace quedar en el extranjero regalando “restos de rocas” a sus
colegas, como también por sus discursos llenos de lugares comunes y la
exageración de sinónimos, antónimos, adjetivos calificativos y otras bellezas
lingüísticas y literarias, que harían palidecer al mismísimo Cantinflas.
Los chilenos somos muy mal agradecidos y queremos a quien nos ha proporcionado tantas
alegrías y optimismo – dicen que la risa libera tensiones – y, como el
Presidente no tiene límites y sólo se rige por su propia voluntad, no terminará
nunca de sorprendernos al pasar de una posición a la contraria: en septiembre se refería a los “cómplices
pasivos”, entre quienes estaban algunos
de sus ministros y los miembros del principal partido de gobierno, salvo el
hijo el ferretero de Maipú, como también descalificar a su candidata Matthei
por haber votado “equivocadamente” por el SÍ, en el plebiscito de 1989 – como
siempre, hay calumniadores que creen que Piñera se presentará en las próximas
elecciones, lo que constituye una verdadera injuria -.
Sebastián I tiene todo el derecho y prerrogativas
para cantar rancheras como “Sigo siendo el rey” - la predilecta de Pinochet –
con su amiga Evelyn, incluso, tomarse la libertad de darle un besito en la
mejilla, en un restaurant de mala muerte, en la Estación Central y, luego, el
lunes 14 de octubre, asistir a una cena, con un menú muy frugal, pero “el aporte voluntario” de los participantes
era considerable. Mientras haya monarquía, nada mejor que violar las reglas e
intervenir, a destajo, en las elecciones.
Para Tejemedios escribió:
RAFAEL LUIS GUMUCIO RIVAS
HISTORIADOR, PROFESOR, ESCRITOR