INGENIERÍA POLÍTICA SIN SOCIEDAD

La ingeniería política que caracteriza a los países de Europa y América funciona de tal manera que los movimientos sociales y la soberanía popular tienen una nula influencia en la vida cotidiana de la nación. La democracia sin sociedad limita al ciudadano a la participación en procesos electorales periódicos; en este sentido, los ciudadanos vendrían a jugar el papel del coro en la antigua Grecia de los "basileus" limitándose a aplaudir o rechazar la acción del monarca. Algo de esta realidad ocurrió en España, en las últimas elecciones municipales y autonómicas: a pesar de existir los campamentos de los "indignados" del 15M, en el plano electoral lo único que ocurrió fue el reemplazo del PSOE por el PP.

Tanto en los regímenes presidenciales, como en los parlamentarios, las leyes electorales y los sistemas de partido hacen un papel de cerrojo, que impiden que los ciudadanos tengan la más mínima participación, no sólo en las decisiones políticas, sino también en las que atingen a su vida cotidiana – la cesantía, la pobreza, los impuestos -. En casi todos los países de Europa y de Chile en particular, el duopolio se ha convertido en una realidad casi irremontable. Es cierto que existen pequeños partidos, incluso resabios del comunismo, pero sólo pueden convertirse en actores cuando hay una crisis política en el sistema parlamentario. Algo de esto ocurrió en la última cuenta de Rodríguez Zapatero, de esta semana, donde los partidos nacionalistas, aprovechando las crisis del PSOE pudieron presentarse como un fiel de la balanza.

En Grecia, la situación es aún más grave: la derecha sumió al país en la miseria, y el Partido Socialista no le ha quedado otro recurso que administrar la crisis vendiendo islas al mejor postor. Al menos, antiguamente, Grecia jugaba un papel de excepción en la cultura universal: baste recordar los viajes de Lord Byron; según Toynbee – y estoy muy de acuerdo con él – en la cultura griega se han tratado todos los temas fundamentales del pensamiento occidental. En la actualidad es tan brutal la influencia del neoliberalismo que, muy fácilmente, esta cuna de la humanidad se está convirtiendo en una parcela de los chinos o de bancos alemanes y franceses, especialmente. En ese duopolio griego murió la política en manos del mercado.

El sistema político inglés fue caracterizado por los cientistas políticos como de los dos y medio partidos, es decir, laboristas, conservadores y liberales. En la actualidad, también predomina el bipolio, sin que ambos partidos se distingan mayormente. Algo similar ocurre en Alemania con socialdemócratas y democratacristianos, o en Francia, con la derecha y el Partido Socialista.

En el caso chileno, la famosa alternancia entre la Concertación y la Coalición por el Cambio, se convirtió en un circo: el gobierno de Piñera se caracteriza por los escándalos de muy parecida factura a los de la Concertación; quizás, la única diferencia es que el presidente-empresario se está derrumbando a una velocidad inesperada.

Pienso que esta forma de democracia representativa está agotada, y los movimientos sociales que hoy no tienen relación con aquellos del siglo XX – no responden a una matriz clasista como era la izquierda en el pasado – sino con temas y problemas de carácter ético y político, y de una sociedad que supera los temas materiales en sí mismos, para buscar nuevos paradigmas relacionados con una democracia directa, con formas de representación horizontales y con temáticas que abarcan nuevos horizontes, muy lejanos de los juegos de poder de la política tradicional.

Para Tejemedios
Rafael Luis Gumucio Rivas
Historiador, Escritor y ex Embajador



LA DEMOCRACIA SIN CIUDADANÍA

Si estudiáramos, aún cuando fuera superficialmente, nuestra historia política electoral, podríamos comprender que cuatro senadores de derecha pasan a ocupar cargos de ministros y sean reemplazados, a dedo, por las directivas de los respectivos partidos. Más de dos millones de ciudadanos, de las distintas circunscripciones, son burlados en la expresión de su voluntad, por medio del sufragio. Este atropello a la ciudadanía popular ha sido una práctica constante en las oligarquías políticas chilenas, desde la Independencia hasta nuestros días.

La soberanía popular siempre fue la bestia negra para la plutocracia chilena. Alberto Edwards sostiene que el sufragio universal conduce, directamente, “a la dictadura del proletariado”. Esta afirmación no es extraña para un admirador de Diego Portales quien afirmaba que “en Chile la ley no sirve para otra cosa que no sea producir anarquía…esa señora que laman la Constitución hay que violarla cuando las circunstancias son extremas”. Por su parte, Domingo Santa María escribía: “entregar las urnas al rotaje y a la canalla, a las pasiones insanas de los partidos, con el sufragio universal encima, es el suicidio del gobernante y no me suicidaré por una quimera” (Portales, 2004:1).

El desprecio al sufragio universal continuó durante la mayor parte del siglo XX: “El liberalismo engendró el desorden, la democracia y la mediocridad. Para (los conservadores), la democracia y más específicamente el sufragio universal, había provocado el rechazo de los hombres capaces por aquellos que halagaban a las multitudes” (Discurso de Héctor Rodríguez de la Sota, en la Convención conservadora de 1932, cit. Gumucio Rivas, 1968: 20).

Agustín Edwards planteaba, en la Convención liberal de 1934: “En Chile el sufragio universal es una superchería…es este sistema el que nos llevó a la derrota electoral de Santiago; es este sistema el que permitió que llegase al senado de la república un ciudadano que ha hecho de la subversión un sibaritismo (Marmaduque Grove)” (Portales 2010:427). Según Rafael Agustín Gumucio Vives, un eminente profesor de derecha “les enseñaba que el cohecho era buen correctivo del sufragio universal” (Gumucio, 1994: ).

Mientras más restringido y excluyente era y es actualmente el padrón electoral, se garantiza la perpetuación de las castas plutocráticas en el poder. Son las grandes revoluciones electorales que han permitido el avance de las fuerzas progresistas, por ejemplo, en 1925, estaban inscritos apenas 302.000 ciudadanos, apenas el 7% de los potenciales votantes. Gracias a la reforma electoral, aprobada por el Bloque de Saneamiento Democrático – socialistas, falangistas y radicales – el universo aumentó a un 1.521.000, en 1958; a 2.915.000, en 1964; a 3.539.000, en 1970, representando el 90% de los electores potenciales (Gumucio Rivas, 1968).

Los constituyentes de 1980 despreciaban la soberanía popular; Augusto Pinochet sostenía, en la inauguración del año académico de la U. de Chile, el 6 de abril de 1979: “el sufragio universal no tiene por sí mismo la virtud de ser el único medio válido de la expresión de la voluntad de la nación y de constituir la fórmula que, necesaria y mecánicamente da origen a la autoridad” (Gumucio Rivas, 1968:24).

Si comprendemos la constante histórica del desprecio a la soberanía popular, antiguamente por las castas plutocráticas y hoy por los partidos del duopolio, con el agravante del sistema binominal que, según Manuel Rivas Vicuña, “fue una propuesta del más autoritario de los parlamentarios de 1911, el historiador Alberto Edwards, que se apodaba a sí mismo “el último de los pelucones” Es fácil explicar porqué los actuales políticos, aún cuando de la boca para afuera dicen ser partidarios de reformas democráticas, tales como la inscripción automática, el voto voluntario y el sufragio de los chilenos en el exterior, las primarias vinculantes y la elección popular de consejeros regionales.

El sistema binominal, los senadores y diputados designados por las directivas políticas, candidatos nominados por la “dedocracia”, partidos dirigidos por la oligarquía, son todos corruptelas de la democracia chilena que favorecen a personajes cuya legitimidad no emana de la soberanía popular, sino de un electorado completamente encuestado y encuestado, dominado de tal manera por el parlamentario en ejercicio, que le asegura perpetuarse en el cargo – hay parlamentarios que van a completar veinticinco años, ocupando el mismo escaño –con este sistema electoral es muy difícil que el desafiante pueda triunfar sobre el perenne propietario del sillón.

Si analizamos detalladamente, a repartición entre porcentaje de votos y escaños de 1989 a 2009 comprobaremos la distorsión, que favorece a la Coalición y a la Concertación: en 1989, por ejemplo, la Coalición obtuvo en 34,1% de los votos, y ocupó el 40% de los escaños; la Concertación, el 51,4% de los votos, y ocupó el 57,5% de los escaños; en 1993, la Coalición, el 36,6% de los votos, y el 41,6% de los escaños; la Concertación, el 54,4% de los votos, y el 58,3% de los escaños; en 1997, la Coalición, el 36,2% de los votos y el 39,1% de los escaños; la Concertación, el 50,5% y el 57,5% de los escaños; en 2001, la Coalición, el 44,2% y 47,5% de los escaños; la Concertación, el 47,9% y el 51,6% de los escaños; en 2005, la Coalición, el 38,7%, y el 45,0% de los escaños; la Concertación, el 51,7 y el 54,1% de los escaños; en 2009, la Coalición, 43,4% y el 48,3% de los escaños; la Concertación, el 44,3% y el 47,5% de los escaños (Morales y Navia, 2009:189).

Si consideramos la composición de la Cámara de Diputados, en 1989, Concertación, 81 diputados; Coalición, 48; otros,1. En 1993, Concertación 70; Coalición, 48, otros, 2. 1997, Concertación, 69; Coalición46, otros, 5. 2001, Concertación 62, Coalición, 57 y otros 1. En 2005, Concertación 65, Coalición, 54 y otros, 1. En 2009, Concertación 54, Coalición, 58, otros, 6. Sólo en el caso de 1997 y 2009 se da el caso de que partidos minoritarios e independientes superen el número de un diputado.

Un monopolio tan férreo, estático e injusto de la repartición de los cargos políticos, no sólo se explica por la existencia del sistema binominal, sino también por una Constitución reformada por Ricardo Lagos y sus ministros, cuya esencia es antidemocrática y se fundamenta en el desprecio a la soberanía popular, inspirando leyes políticas y sistemas electorales que actúan como jaulas de hierro weberianas, imposibilitando la renovación de los cuadros políticos, la participación popular en las decisiones nacionales, además de marginar a los jóvenes – como antaño estas leyes lo hacían con las mujeres y las empleadas domésticas.

En nuestro país los conflictos de interés, la colusión de los políticos con los negocios y el divorcio entre la ética y la política, han convertido a la democracia, tan difícilmente conquistada, en una verdadera burla a la soberanía popular.

Para Tejemedios
Por Rafael Luis Gumucio Rivas
Historiador, Escritor y ex Embajador



UN NUEVO PACTO CONSTITUCIONAL

Hace pocos meses, el planteamiento de que en Chile existía una crisis de representación -a la que se puede agregar la de legitimidad y la de credibilidad-, era sólo idea de “un grupo de izquierda”, marginado del sistema monopólico -Alianza Concertación-. En la actualidad, este diagnóstico es compartido por la mayoría de los chilenos, incluso por aquellos concertacioncitas que, durante sus veinte años de gobierno, no hicieron otra cosa que servir al neoliberalismo.

No puede sino alegrarme el que las grandes mayorías estén por derogar la Constitución del binomio Augusto Pinochet-Ricardo Lagos. Que exista un consenso respecto a una reforma tributaria, incluso entre conservacionistas y empresarios, para quienes era un crimen de lesa patria aumentar del 17% al 24% al impuesto de primera categoría a las grandes empresas, hoy forman parte del sentido común. Las crisis de legitimidad, de gobernabilidad, de representación y de credibilidad sólo constituyen eslabones del fracaso del modelo neoliberal, profesado por la derecha y la Concertación. El neoliberalismo sólo supedita la democracia al poder de las transnacionales y de las grandes instituciones financieras.

En los años 80, el ideólogo reaganista Murray sostenía: “Los estímulos visibles que una sociedad realistamente puede ofrecer a un joven pobre con un nivel medio de capacidad y de laboriosidad son sobre todo estímulos de penalización y desaliento: si no aprendes, te echamos; si delinques, te metemos entre rejas; si no trabajas, te aseguramos que tu existencia va a ser tan penosa, que cualquier trabajo te va a resultar preferible. Prometer más, es fraude” (Cit por Domènech, 2005).

La realidad actual chilena puede resumirse en la fórmula 80% y 20%, es decir, el 20% tiene una calidad de vida parecida a los de los países desarrollados, y el 80% apenas puede ser asimilable a países como Mozambique. En el pasado se podían comparar los 3/3 políticos con aquellos que podían equipararse a las clases sociales: 1/3 de ricos; 1/3 de clase media, más o menos estable; 1/3 de pobres, abandonados a la buena de Dios. En la actualidad, hemos regresado a los dos Chiles del Centenario con el agravante de que las llamadas capas medias sufren un proceso de empobrecimiento, junto con un endeudamiento insostenible. Basta constatar que los “cacerolazos”, tomas y marchas corresponden, principalmente, al rechazo de este sector social, ante la incapacidad del gobierno de Sebastián Piñera.

Ninguna república democrática es compatible con la existencia y el dominio de los magnates, como lo sostenía el florentino Nicolás de Maquiavelo; es en razón de esta idea matriz que me niego a clasificar a Chile como una república democrática, más bien definiéndola como una monarquía presidencial, basada en una Constitución autoritaria e ilegítima. El tema de la representación política ha sido tratado de distintas formas a lo largo de la historia de las ideas; para J.J. Rousseau, la voluntad general no es compatible con la representación política, “los diputados del pueblo no pueden ser sus representantes: sólo son sus comisionados, es decir, son ciudadanos subordinados a la voluntad popular, única que puede hacer acto de soberanía” (Carré de Malberg, 1948). Thomas Hobbes sostiene que en el pacto social se delega el poder en el soberano, que tiene el derecho de imponer su voluntad sin rendir cuenta a sus mandantes. Por el contrario, John Locke plantea que el monarca o la Asamblea es sólo un agente fiduciario, que debe estar sometido a las leyes, y rendir cuenta a los verdaderos propietarios del poder: la ciudadanía; tanto el monarca, como la Asamblea, pueden ser revocados de su poder fiduciario. Podemos colegir, en consecuencia que perfectamente una mayoría ciudadana puede convocar a un poder constituyente –por lo demás, ha ocurrido en distintas etapas de nuestra historia, a pesar, como en caso de 1925, esta facultad fue aniquilada por “el golpe de puño” del inspector del ejército, Navarrete-. Una Constitución pétrea, surgida de un golpe militar es, prácticamente imposible de reformar, pues en el artículo 127 exige, nada menos, que las 2/3 partes de los diputadores y senadores en ejercicio, aprueben la reforma en sus capítulos principales. Si el Presidente rechazara totalmente la reforma constitucional, podría llamarse a plebiscito, por consiguiente, por la vía constitucional no hay ninguna posibilidad de solución a la crisis de representatividad.

La democracia no consiste en contar votos, sino en contar con los ciudadanos. En nuestro caso, el sistema electoral no representa el sentir de la ciudadanía, pues está construido de tal manera que falsifica la voluntad popular: el padrón electoral es añoso y oligárquico y margina a más de cuatro millones de electores; el sistema binominal refuerza el monopolio de dos alianzas políticas que cuentan con el rechazo de más del 60% de los chilenos; al Senado se integran cinco “padres conscriptos”, nombrados a dedo por los jefes de partido, además de otros que han sido elegidos sin competencia, es decir, también designados –se cumple plenamente la concepción de Hobbes-. En la Cámara de Diputados, el 81,3% de sus miembros ha sido reelegido –algunos de ellos van a completar veinticinco años en el cargo, cuando debiera ser dos períodos, como máximo-.

En la distribución entre el porcentaje de votos y los sillones parlamentarios, en el año 2009, la Coalición obtuvo el 43,4% de sufragios, y el 48,3% de escaños; la Concertación, el 44,3% de votos, y el 47,5% de escaños. Con este panorama, la composición de ambas Cámaras no tiene correspondencia con la voluntad popular –distorsiona la voluntad popular en base a sistemas electorales espurios-
No visualizo ninguna salida, en el corto plazo, al conflicto entre la casta política, que sustenta un sistema oligárquico –incluso plutocrático- y el movimiento ciudadano que lucha por el fin del modelo neoliberal, que permita un nuevo pacto constitucional, cuyo primer paso sea “nosotros, el pueblo, convocamos al poder Constituyente.

Para Tejemedios
Rafael Luis Gumucio Rivas
Escritor, Historiador y ex Embajador

LOS PARTIDOS POLÍTICOS DEL DUOPOLIO JAMÁS SOLTARÁN LA TETA


Un saludo a mis amigos de Tejemedios, y por este intermedio a todos quienes sean buenos para leer cosas que valen la pena, a los demás no los saludo nica.

Por mucho que sea el rechazo popular a los partidos políticos del duopolio, estos jamás soltarán la “teta”: si dejaran de mamar, seguramente tendrían que trabajar. Aprovechando las vacaciones en París e Italia de su Excelencia, los partidos oficialistas se dedicaron a disputarse el derecho, la “teta” del poder; los conservadores de la UDI nunca han querido entrañablemente a Sebastián Piñera, sólo lo apoyan porque les permitió el acceso al gobierno, después de tantos años de “travesía por el desierto”.

Los díscolos de la Concertación son un moco de pavo al lado de las acciones de la UDI contra su propio gobierno, en que algunos de sus miembros redactan una carta pública, de cuero de diablo, en que dejan como chaleco de mono especialmente al ministro Rodrigo Hinzpeter.

A los conservadores de la UDI se les hace casi imposible aceptar el proyecto Acuerdo de Vida en Común, que presentara el entonces senador Andrés Allamand, pues piensan que es un camuflaje para introducir el matrimonio homosexual - entre maricones, como lo expresó el diputado Estay. Para los pechoños reaccionarios, Chile se convertiría en Sodoma para los hombres y Gomorra para las mujeres.

Al regreso del Presidente, toda esta pelea entre gatos de campo, que estaban dando un pésimo espectáculo, se arregló por arte de magia: hay algo muy poderoso en los lugares comunes que adornan su discurso, como ese de que “Chile está bien, pero la política no está tan bien”. Bastó un almuerzo en La Moneda y un café en el Torres para que díscolos y oficialistas se abrazaran - los de la “nueva derecha” y la conservadora.

El Presidente cree que basta con ordenar al ministro Hinzpeter que cumpla con la labor de coordinar el despelotado Gabinete para que, por arte de magia, esto resulte - esta idea del “premier” se hace imposible cuando el primer funcionario de la república está como Dios, en todas partes, y habla sobre cualquier tema o problema por nimio que sea.

Habiéndose producido el “milagro” de la unión de los partidos de derecha, ahora faltaba llamar a la Concertación a una especie de democracia de los acuerdos. Es lógico que cuando el duopolio tiene el 26% del apoyo de los chilenos, tiendan a unirse para no desaparecer ante la ola de protestas y de rechazo ciudadano.

En esta ineficaz idea de los partidos transversales, de los acuerdos “mamócraticos”, de la protección de las mafias y de otras tantas linduras como la “cleptocracia”, Enrique Correa es uno de los líderes en propiciar la unión entre la derecha e izquierda que, en su tiempo, se llamó “democracia de los acuerdos”, un nombre muy decente para apelar al reparto del botín.

Los prepotentes políticos chilenos siguen convencidos de que Chile está a la cabeza de la democracia latinoamericana –miramos con desprecio a los peruanos, cuyo único partido histórico el Apra, tuvo apenas cuatro diputados en las últimas elecciones de ese país - lo mismo ocurre con Argentina, respecto a peronistas y radicales; para qué hablar de Venezuela, con el derrumbe Adeco y Copei, cuando, en la realidad, la calidad de nuestros partidos políticos dejan mucho que desear, y bastaría que despertaran los ciudadanos para poner fin a estas mafias de dirigentes que sólo saben repartirse la “teta” o escribir artículos sobre el malestar de los chilenos, sin emprender obras concretas para acercarse a la sociedad civil. En un letrero, los estudiantes, en las protestas de esta semana, piden que los partidos políticos no se mezclen en su lucha, pues terminarían desvirtuándola.

Jamás, una casta política ha sido capaz de reformarse a sí misma, razón por la cual no abrigo ninguna esperanza de que ni siquiera aprueben en el Parlamento leyes políticas tan fundamentales como la inscripción automática, el voto voluntario y el sufragio de los chilenos en el extranjero, mucho menos los plebiscitos revocatorios y las primarias vinculantes, pues su voto afirmativo atentaría contra sus propios intereses al quedar desprovistos de la “teta” de la vaca lechera.

Para Tejemedios
Por Rafael Luis Gumucio Rivas
Historiador, Escritor, Ex Embajador en Francia y amigo entrañable de Tejemedios