En 1920, después de una larga guerra entre el
Estado docente y la libertad de enseñanza, que traspasó la historia de Chile a
partir de la “cuestión del sacristán” y del nacimiento del Partido Conservador.
Al final del gobierno del liberal democrático Juan Luis Sanfuentes, liberales y
conservadores acordaron aprobar la Ley de Instrucción Primaria y gratuita,
cuyos héroes fueron el educador Darío Salas, los políticos Pedro Aguirre Cerda,
Manuel Rivas Vicuña, Rafael Luis Gumucio, entre otros. El día de la
promulgación de la Ley se celebró un gran desfile estudiantil, preparado por
Darío Salas.
Como siempre, en este “Chile a medias”, la ley fue
mal implementada, sumado a las penas que
se aplicaban a los patrones de fundo que impidieran que los hijos de los
campesinos asistieran a las escuelas, que eran irrisorias, restaban efectividad a una ley bien
intencionada. “El gobernar es educar”, de Pedro Aguirre Cerda y la reforma educacional de Frei
Montalva contribuyeron a que, en parte, se cumplieran las promesas de la Ley de Instrucción Primaria obligatoria y
gratuita, pero en la realidad, en la época republicana, la deserción escolar siguió
siendo catastrófica.
Si actualmente hay cinco millones de desertores que
no alcanzaron a terminar el cuarto medio, se demuestra la falsedad de los
ineficientes ministros de Educación de la Concertación y de la Alianza que nos aseguraban que la cobertura en la educación básica y media
era plena, lo cual ha sido desmentido, irrefutablemente, ante el hecho de que
casi un tercio de la población chilena deserta de la educación formal antes de
terminar sus estudios – pensemos que hoy, para el trabajo más modesto, se exige
un mínimo de cuatro años cursados en la enseñanza media -.
Plantear constitucionalmente la garantía de
enseñanza media para todos los chilenos es tan falsa como la ley de 1920, si
no se agrega un componente fundamental
que consiste en el derecho de todos los ciudadanos para querellarse contra el
Estado de Chile si no cumple con esta garantía constitucional de dar educación
gratuita y de calidad para todos los chilenos, tanto en la educación
pre-básica, básica y media, como también
la aplicación de penas aflictivas graves a quienes apliquen la selección de
alumnos, en cualquiera de los niveles de enseñanza.
La cifra de los alumnos y alumnas que no terminan,
ni siquiera, el cuarto medio, demuestran que el Chile, condenado a la
ignorancia y a la desigualdad, es aún más insoportable que el que nos mostraba
los Potenkin de la Concertación y la Alianza - en la monarquía zarista se
hicieron famosas las aldeas Potenkin: cada vez que la zarina Catalina II
visitaba una aldea, el ministro “enchulaba” las casas de los campesinos para que
la soberana creyera que toda estaba perfecto; lo mismo hicieron los ministros
de Bachelet y Piñera, por ejemplo, para engañar a sus respecticos “zares y
zarinas”.
De descorrió el velo: la educación chilena no sólo
es una mierda desde el punto de vista de la calidad y equidad, sino también de
la cobertura. Consideremos que los cinco millones de desertores escolares
equivalen al número total de votantes en las últimas elecciones municipales,
así que llamar a este país “democrático” es un sarcasmo y un insulto a la
verdad.
La revolución educacional es la tarea fundamental
del próximo gobierno, y no podemos permitir que, nuevamente, nos engañen con
promesas y, luego, gobiernen con explicaciones y justificaciones, a las cuales
nos tiene acostumbrados la Concertación personalmente, no sé por qué me huele
que la “virgen de los pillines” nos va a mentir.
Para Tejemedios escribió:
RAFAEL LUIS GUMUCIO RIVAS
HISTORIADOR, ESCRITOR, DOCTOR EN EDUCACIÓN