No cabe duda que Michelle Bachelet ganará, por goleada, la segunda vuelta del próximo 15
de diciembre que, de seguro, se caracterizará por la apatía en la concurrencia a las urnas por
parte de los ciudadanos – ya es un dato de la causa que los chilenos no creen,
hoy por hoy, en la democracia electoral -.
Dos decenios de poder hegemónico de castas corruptas ha acabado por
minar las ilusiones surgidas en la ciudadanía a raíz del fin de la dictadura.
Desde antes de la asunción del primer gobierno
democrático, el liderazgo de la Concertación ya había vendido su programa
progresista a los representantes de la dictadura y, desde ese entonces y
sucesivamente, la Concertación y la Alianza estrecharon lazos “fraternales” y
optaron por coludirse. Se da la paradoja de que los dos gobiernos más queridos
por los empresarios y banqueros fueron Lagos y Bachelet – cuando los
socialistas, traicionando su doctrina, se deciden a convertirse en los mozos
del capital, son mil veces más serviles que los más exacerbados neoliberales;
no en vano, los yanaconas, indios de servicio, eran más letales para los
mapuches que los mismos españoles.
Sabemos que Michelle Bachelet no va a llamar a una
Constituyente, que sería la forma en que los ciudadanos podrían debatir sobre
sus propias reglas de convivencia, pues por más buena voluntad que tenga, en la
Concertación está inserto un sector de “yanaconas” neoliberales y conservadores
democratacristianos, que están muy cómodos en el Chile heredado del dictador, especialmente en su Constitución
ilegítima y autoritaria.
Aunque los muy hipócritas de boca para afuera
proclamen, a los cuatro vientos, querer reemplazarla por una nueva, en el
fondo, ellos saben bien y están a gusto con el statu quo – entre estos
personajes se encuentran algunos más sinceros que sostienen abiertamente que
Bachelet tal vez deje para las calendas griegas la anhelada “nueva
Constitución”, por ejemplo, en un Diario de la capital, el secretario general
de la OEA expresó que “no había que preocuparse por la propuesta programática”,
como diciéndoles a sus amigos de derecha que no hay que temer, pues todo
seguirá igual para “bien del país y sus maravillosas instituciones, inventadas
por el “genial” político, Jaime Guzmán -.
El llamar a una Constituyente, en un país en que
nunca, en su historia, los ciudadanos han podido participar en la construcción
de la Carta Magna, pues ha sido impuesta por las castas políticas, económicas y
militares, es decir, por el poder del dinero y la espada, sería el acto normal
por excelencia para fundar, de una vez por todas, una república que, en su
larga historia, pues los ciudadanos –los auténticos mandantes– sólo se han
limitado a participar en plebiscitos fraudulentos, confirmando la voluntad
omnímoda de tres grandes tiranos: Diego Portales, Arturo Alessandri Palma y
Augusto Pinochet Ugarte.
Ya sabemos que con la conformación Congreso elegido el 17 de noviembre es
imposible alcanzar el quórum de dos tercios para reformar, ni mucho menos, para
aprobar una nueva Constitución por parte del legislativo; lo único que tal vez
podría lograrse, previos acuerdos con la derecha, sería reforma tipo Lagos
Escobar, en 2005, es decir, no tocar ningún punto vertebral de la herencia
dictatorial. Mucho me temo que las buenas propuestas del profesor Frenando
Atria queden solamente en el papel, simplemente como elucubraciones de un
distinguido académico.
Si efectivamente, la Presidenta “casi” electa
estuviera decidida a propiciar y promulgar una Nueva Constitución, al menos,
pediría a sus electores que agregaran a la papeleta de votación las letras AC,
RESOLUCIÓN QUE NO HA TOMADO HASTA AHORA, actitud que permite sospechar que se
limita a proponer una “casi” reforma a la Constitución, y que poco le interesa
que el pueblo participe en la definición de las propias reglas del sistema
político.
Para Tejemedios escribió:
RAFAEL LUIS GUMUCIO RIVAS
PROFESOR, HISTORIADOR, DOCTOR EN EDUCACIÓN