El Padre Baeza era chico, rechoncho y con cara de
pueblo, todo lo contrario de los pastores de “vacas gordas”, que visten sotanas
de lujo y perfectamente planchadas por la servidumbre o por monjas serviles. A
través de la historia se ha podido constatar la existencia de una Iglesia
católica ramera de los ricos y otra, como la de Alfonso Baeza, Esteban Gumucio,
Mariano Puga, José Aldunate, Felipe Berríos,
y otros menos conocidos, que han dedicado su vida a la misión evangélica
y a vivir entre los pobres y, sobre todo al servicio de la justicia social y de
los derechos humanos.
Baeza se caracterizaba por traer a lo cotidiano la
idea sencilla de que el cristianismo, en su mensaje de igualdad entre los
hombres, sólo puede desarrollarse en plenitud en medio de los pobres, a
imitación profunda de su Maestro.
En un Chile actual, consagrado al dios del dinero,
y en una Iglesia que anda más preocupada de los genitales, tanto masculinos,
como femeninos, de combatir con todo su poder el matrimonio igualitario, de condenar
más que acoger a los seres humanos, de atesorar riquezas e, incluso, vivir en
la opulencia, un cura como Alfonso Baeza, que rompe esquemas y consagra su vida
a los pobres y a los trabajadores, no pega mucho un mundo en que lo único importante es el éxito y el dinero de unos
pocos, sobre la mayoría, que vive en condiciones indignas.
Baeza murió como a la mayoría de nosotros nos
gustaría “pasar al otro mundo”, durante el sueño y sin siquiera darnos cuenta.
Recuerdo cuando acompañamos a enterrar a un buen amigo mío, Nelson Souci, y
recorríamos con Baeza y otros amigos el Cementerio General con el objetivo,
además, de visitar las tumbas de nuestros parientes, él, con toda sencillez,
nos mostró la de sus padres y hoy, se encuentra entre los suyos, que le han
precedido.
La Iglesia de Alfonso Baeza estuvo inspirada en
Juan XXIII y la doctrina del Concilio Vaticano II, como también en las
Conferencias Episcopales de Medellín y Puebla, que trazaron una verdadera
opción por los pobres y los derechos humanos. En Chile fue la Iglesia del Cardenal Raúl Silva Enríquez que, en
plena dictadura, se constituyó en “la voz de los sin voz”, y Baeza fue una
persona fundamental no sólo en la defensa de los perseguidos por la tiranía,
sino también en el compromiso del
cristianismo con los trabajadores en la
promoción de sus derechos y de su dignidad.
Hoy es más difícil encontrar en la Iglesia
católica a curas que viven con los
pobres y que se transforman en uno de ellos, aun cuando por origen familiar
hayan pertenecido a la burguesía o a la aristocracia. Tuve la suerte de ser
testigo de esta identificación de algunos hombres consagrados en verdaderos
pobres, por ejemplo, en el caso del tío Estaban Gumucio, que es muy similar al
de Alfonso Baeza; recuerdo que cuando Esteban visitaba mi casa “olía a pobre”
lo cual, a la larga, constituye una esperanza de que al fin Cristo pertenezca a
los pobres y se identifique con ellos, y no lo conviertan en un “ginecólogo”,
cuya única misión sea la del vigilar y condenar el actual de la gente en su
vida sexual, sin tener en cuenta que los verdaderos pecados son la avaricia, la
codicia, la soberbia, el robo de los bienes y del esfuerzo de los trabajadores
y, en general, de todos los pobres del campo y la ciudad.
El evangelio de Baeza no se basa en “Sodoma y
Gomorra”, como ocurre con ciertos derechistas, sino en la práctica de las
Bienaventuranzas, la parábola del joven rico, la del Buen Samaritano, la del
rico Epulón y Lázaro, y otras enseñanzas de Jesús sobre la igualdad, fraternidad
y solidaridad entre los hombres.
Voltaire, buen alumno de los Jesuitas, pensaba que
la religión podría ser muy útil para mantener a los campesinos y pobres bajo el
dominio de una minoría, que debería manejar a una mayoría de ignorantes y
miserables, pero sacerdotes como Alfonso Baeza, y tantos otros consagrados y
laicos que viven entre los pobres, desmienten esta cínica visión de este
filósofo, del Siglo de las Luces, que anticipaba la concepción de la religión
como “opio del pueblo”, de Karl Marx.
Para El Examinador.cl
RAFAEL LUIS GUMUCIO RIVAS
PROFESOR, HISTORIADOR, DOCTOR EN EDUCACIÓN