En el mes de noviembre de 2016, fueron
varias personas e instituciones las sorprendidas con el triunfo de Trump: En
primer lugar los pronósticos electorales y los resultados de la encuestas de
opinión que, en su mayoría daban como ganadora a la candidata demócrata,
Hillary Clinton; en segundo lugar, numerosos medios de comunicación –salvo la
cadena FOX que se inclinaba por Trump; en tercer lugar, el establishment
político y económico que apostó, desde sus inicios, por Clinton; en cuarto
lugar, los ciudadanos de las grandes ciudades, Nueva York y Los Ángeles que, en
su mayoría, votaron por Clinton; en quinto lugar, la misma dirección del
Partido Republicano, que no creía en el triunfo de un candidato marginal como
lo era Trump.
Hoy olvidamos que Trump comenzó con el
1% de apoyo entre 30 candidatos a la primaria republicana, y se le consideraba
como un millonario excéntrico, un “voltearepas” – como dicen los colombianos
para referirse a las personas volubles, es decir, que cambian de parecer según
las circunstancias, y no leyeron bien
que este candidato representaba muy bien a los analfabetos electorales, a los
resentidos, a los marginados, a los
cesantes, a los racistas, en general a todos los marginales del sistema
político y económico.
Cada día cabe menos duda de que los
rusos intervinieron activamente en favor de Trump, así como tuvo un papel no
despreciable del rol del director del FBI, James Comey, quien posteriormente
fue despedido de sus funciones por el propio Presidente Trump -que acusó a la
candidata Clinton de mal uso de correos electrónicos
Con el correr de los días, es más claro que Trump supo utilizar, muy
hábilmente, el pésimo sistema electoral norteamericano, que permite elegir a
quien tiene minoría en la votación popular –Trump perdió por dos millones de
votos contra Clinton, en cambio gana el que concita mayor número de electores,
representados por delegados de los distintos Estados. Trump dirigió su campaña
a aquellos Estados que le eran decisivos para darle mayoría.
El multimillonario padece de un
narcisismo sin parangón en la historia de la humanidad: Dicen los cercanos que
sólo lee aquellos informes en que se menciona favorablemente su nombre varias
veces, además, es más nepotista que el mismísimo Napoleón Bonaparte – nombraba
reyes a sus estúpidos hermanos y hermanas– pues Trump lo hace con su yerno,
hijos e hijas, que están muy cómodos en la Casa Blanca. Los que creyeron que
Trump iba a ser muy distinto como Presidente del candidato se equivocaron
rotundamente: Ha intentado cumplir lo que prometió, pero también ha obedecido a
su intuición, sobre todo en política internacional.
Es cierto que en muchos puntos de
su programa de gobierno ha fracasado, a
causa de la oposición en el Congreso, incluidos miembros de su propio Partido,
el Republicano y, en otros casos, por dictámenes emanados del poder judicial,
por ejemplo, la emblemática derogación del Obama Care y el presupuesto para la
construcción del muro en la frontera con México.
Como Piñera, Trump admira a los
ignorantes, pues ellos mismos son unos analfabetos literarios de marca mayor, y
sólo saben de negocios y lo único que les agrada es el dinero, pero por
desgracia, cuentan con muchos seguidores, entre ellos, los Presidentes Mauricio
Macri, de Argentina, y PPK, de Perú y mientras más pillo y millonario, más tontos
votan por ese candidato, es decir la democracia bancaria es un mierdero
impresionante, solamente superado por las tiranías.
Trump es un aislacionista: Se retiró
del Tratado de París, pues no cree en el “Cambio Climático” Según él es una
tontería más, inventada por los científicos; en otro aspecto, quiere eliminar
el Nafta o bien, transformarlo radicalmente pues perjudicaría a los Estados
Unidos, como lo hizo con el Tratado del Pacífico. En este plano existe una
contradicción con la mayoría de los congresistas republicanos, que son partidarios
de los Tratados de Libre Comercio -.
Durante estos primeros diez meses de
gobierno ha utilizado dos bombas de alto poder destructivo: Una en Siria y otra
en Afganistán, es decir, Trump emplea elementos bélicos para oscurecer sus
muchos errores en política interna.
Quizás, el caso más grave de la
administración Trump, hasta ahora, ha
sido el llamado Rusia gate, la intervención del gobierno de Vladimir Putin en
la última elección en estados Unidos, en que triunfó Tump. La primera víctima
fue el director del FBI, James Comey, destituido por negarse a “tapar” la
intervención de funcionarios del gobierno de Trump en el Rusiagate, sobre todo
donde está implicado su yerno, Jared Kushner, como también su propio hijo
mayor, quien confesó haber recibido
información que, claramente, perjudicaba a la candidata Hillary Clinton.
Entre las víctimas del Rusiagate se
encuentran, además del círculo familiar, el ex Consejero de Seguridad Nacional,
Michael Flynn y el Fiscal Nacional Jeff Session y en los últimos días han
confesado su participación el ex jefe de campaña presidencial, Paul Malaford y
el Consejero Internacional Georges Papadoupulos.
Para rematar los casos de corrupción
en los pocos meses de la administración Trump, acaba de publicarse los Papers
Paradise, en que aparece implicado su yerno quien, además, tiene una relación
comercial con empresas donde estaría el mismo yerno de Putin, y el ministro de
Comercio, Wildur Ross quien, a su vez,
está relacionado con una empresa
con Rusia.
Donald Trump está acusado, ante el
Gran Jurado, de obstrucción a la
justicia que bien podría transformarse en traición a la patria de
comprobarse la intervención de Rusia en las últimas elecciones norteamericanas.
En la presente semana los republicanos
perdieron dos importantes elecciones: la
de gobernador de Virginia, en la cual el candidato demócrata ganó por
siete puntos de diferencia, y la recuperación
de Nueva Jersey, antes perteneciente a los demócratas.
Los demócratas tampoco pueden cantar
victoria, pues se encuentran muy divididos, sin embargo, si los republicanos
visualizan que podrían perder la mayoría en las dos Cámaras, en las elecciones intermedias de
2018, no dudarían en abandonar a Trump e incluso, votar a favor de un juicio
político.
Que Trump, actualmente cuente con solo
un 37% de apoyo, el más bajo de un Presidente en la historia de estados Unidos
junto Harry Truman, no tiene mayor importancia, pues los electores de la
democracia bancaria cambian de opinión muy rápidamente. Bachelet, por ejemplo,
de un 60% inicial, ha bajado a menos de 30%; Macrón, desde un alto porcentaje
de apoyo en su comienzo, hoy ha bajado a una evaluación negativa; así va a
ocurrir si gana Sebastián Piñera en la primera vuelta.
Los períodos presidenciales deberían
durar, como en Roma antigua, un año, y si lo hace bien, se le premia con un “Súper
Ocho”, paro si lo hace muy, muy muy mal, se le envía de agregado cultural a
Corea del Norte.
Para El Examinador.cl
Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)